¿Pagas dos alquileres? Un plan simple para el solapamiento

Author Jules

Jules

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El momento en que me doy cuenta de que voy a pagar dos alquileres, mi cerebro hace ese sonido de “error 404” que normalmente reservo para facturas inesperadas. No es que no supiera que podía pasar; es que, de pronto, lo veo como una escena: yo, con cajas por todas partes, y mi cuenta bancaria mirándome como si dijera “¿en serio hoy?”.

Estoy en medio de una mudanza. Nada dramático: un piso nuevo, una calle distinta, y esa ilusión de que esta vez sí voy a ser la persona que cuelga cuadros el primer fin de semana. Pero hay un detalle poco romántico: las fechas no encajan. El contrato nuevo empieza antes de que termine el antiguo. Resultado: solapamiento. Dos alquileres. A la vez.

Y aquí es donde ocurre el error clásico: intento “resolverlo” con optimismo. Me digo que será solo un par de semanas, que seguro gasto menos en otras cosas, que puedo compensar “sin pensar demasiado”. Esa frase —sin pensar demasiado— es mi alarma interna. Porque cuando el dinero se complica, improvisar se siente valiente… hasta que deja de serlo.

La tensión real: no es el doble alquiler, es la niebla

Lo que más me estresa no es la idea de pagar dos veces. Es la niebla alrededor: ¿qué pasa con la fianza? ¿y el último recibo de servicios? ¿y el transporte? ¿y el microgasto constante de “ya que estamos mudándonos”? Todo parece pequeño por separado, pero juntos forman una especie de confeti financiero que termina pegado en todas las superficies.

En un intento de ser adulto funcional, abro mi app de control de gastos (en mi caso, Monee) y me obligo a mirar patrones. No para juzgarme, sino para entenderme. Y ahí aparece algo muy humano: cuando estoy estresado, gasto para “resolver” emociones. Compro cosas que prometen orden: cajas mejores, cinta extra, ese organizador que “me cambiará la vida”. Spoiler: no me la cambia. Pero sí cambia mi presupuesto.

Así que decido hacer lo contrario de lo que me pide el cuerpo: en lugar de ir más rápido, voy más claro.

El plan simple: un “presupuesto de solapamiento” en tres capas

Lo llamo plan de solapamiento porque me ayuda a tratar ese periodo como un proyecto con principio y fin, no como una emergencia eterna.

Capa 1: Defino la ventana (y la nombro)
Escribo las fechas exactas del solapamiento. No “más o menos dos semanas”. Fechas. Lo marco en el calendario como si fuera un mini-sprint de diseño: inicio, final, entregable (en este caso: vivir en el piso nuevo sin seguir pagando el viejo). Nombrarlo lo vuelve manejable.

Capa 2: Separo el gasto en “inevitable” y “negociable”
Aquí soy brutalmente honesto:

  • Inevitable: los dos alquileres durante la ventana, posibles pagos duplicados de servicios, transporte de mudanza, limpieza final si aplica. Cosas que pasan aunque yo sea el ser humano más frugal del Rin.
  • Negociable: compras “de mejora” para el nuevo piso, decoración, cenas por cansancio, taxis por pereza, suscripciones olvidadas, caprichos de “me lo merezco”. No las demonizo, pero las etiqueto.

La etiqueta es poderosa. Porque cuando todo está en la misma bolsa mental, tomo decisiones como si fueran inevitables. Y no lo son.

Capa 3: Creo un “colchón de solapamiento” (sin números exactos)
Como no quiero basarlo en una cifra mágica, lo defino en equivalencias. Algo como: “necesito un colchón que cubra más de lo habitual durante la ventana, más un margen para sorpresas del tamaño de una compra grande del supermercado”. Me importa más la intención que el cálculo perfecto.

Ese colchón no sale de la nada. Sale de tres movimientos simples:

  1. Congelo mejoras del piso nuevo hasta pasar la ventana. La lámpara bonita puede esperar. Mi paciencia, aparentemente, no; pero la entreno.
  2. Reduzco el gasto negociable por defecto. No “nunca”, sino “no en automático”. Si salgo a comer, lo decido como decisión consciente, no como reflejo de estrés.
  3. Vendo o devuelvo lo que ya no necesito. Una mudanza es un filtro natural. Si algo se queda en la caja “por si acaso”, quizá está financiando mi confusión.

Lo que pasa cuando lo hago así

De repente, el solapamiento deja de sentirse como una ola que me arrastra y se convierte en un puente. Sigo pagando dos alquileres, sí. Pero ya no me sorprende cada día. La sorpresa es lo caro; la claridad es lo que lo vuelve soportable.

Además, al ver mis categorías en Monee durante esas semanas, noto algo casi gracioso: mi versión estresada intenta comprar control. Cuando lo veo reflejado, me río un poco —no con culpa, con reconocimiento— y el impulso pierde fuerza. No es “me estoy portando mal”. Es “estoy buscando calma por el camino rápido”. Y entonces puedo elegir un camino menos caro.

Qué haría diferente (porque siempre hay algo)

  • No esperaría al último momento para revisar suscripciones y gastos recurrentes. Son pequeñas fugas que, justo en un solapamiento, pesan.
  • Planearía comidas simples para los días de cajas. El hambre + cansancio es un combo que convierte “solo hoy” en una racha.
  • Haría una lista corta de compras permitidas para el piso nuevo (máximo tres). Lo demás, después del puente.

Takeaways prácticos

  • Trátalo como un proyecto con fechas: una ventana clara reduce ansiedad y decisiones impulsivas.
  • Separa “inevitable” de “negociable” para no justificar gastos por cansancio.
  • Congela mejoras del nuevo piso hasta que termine el solapamiento; el estilo no se muda tan rápido como tú.
  • Usa el tracking para detectar patrones (estrés = gasto) y decidir con calma, no con reflejo.
  • Define un colchón por equivalencias si los números exactos te abruman: te guía sin paralizarte.

Si estás en esta situación, tienes tres opciones razonables: acortar la ventana (si puedes negociar fechas), abaratar el periodo (reduciendo lo negociable sin convertirte en monje), o sostenerlo con un plan y un colchón para que no te robe la paz. Lo importante no es hacerlo “perfecto”. Es atravesar el puente sin niebla.

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